martes, octubre 05, 2004

Cuadernos de la amargura.- E. Cioran

Cultura Apuntes secretos de E. M. CioranEnviado el Viernes, 27 diciembre a las 07:33:04 por labrys

Cuadernos de la amargura.
Nació en una aldea de Rumania y de muy chico ya leía a Schopenhauer y a Nietzsche. Luego de
estudiar filisofía vivió en París, donde deambuló por sus calles y, con sus iluminaciones
pesimistas y escépticas, se convirtió en uno de los grandes prosistas en lengua francesa del
siglo XX.
Diario de un pensamiento desgarrado
Al morir, Cioran dejó treinta y cuatro cuadernos manuscritos con letra grande y nerviosa, cada
uno de los cuales llevaba la fecha escrita en la tapa: comenzaban en 1957 y concluían en 1972.
Algunos tenían la inscripción "A destruir". Pero a todos los guardó celosamente Cioran durante
largos años, por lo que su compañera Simone Boué los transcribió y los entregó a la editorial
Gallimard. Estos Cuadernos no son estrictamente un diario. Son anotaciones, observaciones,
escenas vividas y perfiles de personas que Cioran conoció; algunos de los fragmentos tienen la
forma de aforismos y otros de pequeños ensayos y también reseñas de los libros que Cioran leía o
releía. Incluyen estremecedoras páginas autobiográficas que iluminan con nueva luz lo que se
sabía de su vida. Son el laboratorio de un escritor que fue parco en los libros que publicó pero
torrencial en su dedicación -obsesiva, total- a la escritura, y feroz en su rigor, y que al cabo
de la larga jornada de su vida depara a sus lectores una sorpresa inaudita. Los Cuadernos son el
mismo libro que Cioran ya ha escrito, porque muchos de sus temas, ideas, tratamientos, han pasado
a sus libros (y el lector consecuente de Cioran observará fascinado cómo el alquimista depuró,
expandió, combinó sus prosas), pero al mismo tiempo son un libro nuevo, complementario y herético
en relación al resto. De manera que, después de muerto, y cuando se pensaba que su obra estaba
concluida y lista para sentencia, el viejo "empresario de demoliciones", como se lo ha llamado
recordando a León Bloy, ha consumado una voltereta que lleva su marca en el orillo: ahora, el
Cioran anterior debe ser revisado, porque este libro explica los anteriores, pero también los
contradice, es el mismo libro de Cioran y es otro.
Emile Cioran nació en 1911 en una aldea de Rumania. Su padre era pope de la Iglesia Ortodoxa y la
familia vivía en plena montaña, en los Cárpatos, cerca de Transilvania, zona poblada por
agricultores pobres, a menudo tiranizados por los invasores austro-húngaros. La infancia de
Cioran fue muy feliz; jugaba libremente en el campo y la montaña, entre campesinos que se
deslomaban durante la semana para ir luego a gastarse la paga emborrachándose como cubas. La
mayor ambición de aquel muchacho era ganarles a los bolos, lo que con frecuencia acontecía, no
porque fuese más fuerte sino porque se pasaba la semana practicando.
Aquel paraíso concluyó cuando al joven Emile lo pusieron en un coche rumbo a Bucarest para que
cursara el liceo. "Fue el final de mis sueños, la ruina de mi mundo." En la ciudad se doctoró en
Historia, escribió varios libros y comenzó a padecer el flagelo del insomnio, que se convertiría
en un tema central de sus libros. Un día, desesperado, fue a la casa de su madre y se desplomó
ante ella clamando por su ayuda. "Ojalá hubiera abortado", le dijo su madre, y esa frase,
extrañamente, lo calmó.
El viaje de Cioran de Bucarest a París, y su viaje lingüístico entre el rumano y el francés,
recuerda a tantos otros ejemplos de este siglo de literatura nómade y extraterritorial. Es
Conrad, es Beckett, es Nabokov, es nuestro Wilcock. Como si fuera necesario a ciertos escritores
arrancarse del cobijo de su lengua para afrontar la intemperie y forjarse en el combate por una
lengua nueva. Cioran llegó a París en 1934 pero estuvo diez años sin escribir. Intentó hacerlo en
rumano, infructuosamente, hasta que se olvidó de su lengua natal. Su primer libro en francés, el
Breviario de podredumbre, lo escribió de un saque, pero lo reescribió muchas veces. Ese esfuerzo
de depuración, esa necesidad de afinar el instrumento por el cual se siente desconfianza porque
es ajeno, está en la raíz de la forma de escribir de Cioran: en él la concisión es siempre
condensación.
Cioran inició en París vagos estudios de posgrado. Tenía una beca de un Instituto de Estudios
para Rumanos en el Extranjero, a cambio de la cual debía escribir una tesis sobre Nietzsche, que
nunca completó. Hasta los cuarenta años estuvo inscripto en la Sorbona como alumno, lo que le
permitía comer barato en los comedores universitarios. Entonces, un nuevo reglamento estableció
que sólo podían gozar de los beneficios universitarios los menores de veintisiete. Su salvación
fue acomodarse en una chambre de bonne con baño en el pasillo común, esas habitaciones de
servicio que coronan los edificios del centro parisino. Así sobrevivió, haciendo pequeños
trabajos o cobrando magros honorarios por sus artículos. En los Cuadernos apunta que es el único
francés que declara más renta que la percibida, tan escueto era su presupuesto.
En París, Cioran integró un grupo de importantes escritores rumanos exiliados: Eugène Ionesco,
creador del teatro del absurdo, el dramaturgo Arthur Adamov ("hombre encantador, profundo y sin
talento"), el filósofo, historiador de las religiones y narrador Mircea Eliade, y el poeta Paul
Celan, rumano de expresión alemana. En anteriores libros se había referido Cioran a algunos de
estos hombres. Aquí vuelve al tema ofreciendo retratos en movimiento sobre ellos. Su visión es
cruda, a veces dura, porque Cioran conoce a fondo a esos hombres, los sigue con la mirada atenta
y curiosa de quien hace de la observación un tema de escritura pero también de aprendizaje: para
Cioran, los amigos sirven para mirarlos, y aprender de ellos, de sus errores. De Eliade, por
ejemplo, destaca la contradicción entre el sentimiento religioso y la profesionalidad de su
dedicación al tema. De Celan, bajo cuya fascinación cayó, revela algunos de los tormentos que
concluyeron con el suicidio del poeta. Sobre Ionesco, Cioran trata sin tapujos ese pecado de los
rumanos: en su juventud ambos fueron adictos al movimiento fascista Guardia de Hierro. Cioran
confiesa su "vergüenza intelectual".
Los libros que publicaba Cioran, cortos de páginas, densos de contenidos, brillantes en su
escritura, no pasaron inadvertidos para los paladares finos, y el exigente comité de selección de
Gallimard los avaló, pero lo mantuvieron cómodamente instalado en una nebulosa que se parecía al
anonimato. Por eso sus Cuadernos, que comenzó a escribir a los 46 años y dejó a los 61, en las
vísperas de su admisión como uno de los grandes escritores del siglo por pares como Samuel
Beckett, Susan Sontag, Octavio Paz o Saint-John Perse, es una larga letanía de un escritor que se
sabe talentoso, pero al que el mundo no presta atención. Frente a esta situación, Cioran usa la
ironía, el escalpelo, desmenuza la situación, mira a su alrededor, se escruta sin piedad. Cioran
tiene claro el letal veneno que el narcisismo inyecta en el creador. Sólo la modestia habilita a
ser libre porque las cadenas del yo minan las fuentes del vigor de un artista: la conexión
profunda con sí mismo y la curiosidad insaciable de su mirada hacia los demás seres y hacia el
mundo. Pero Cioran no deja de advertir la paradoja: sólo el yo permite edificar una obra de arte,
el mismo yo que, a la menor señal de hipertrofia, aplastará al artista. Escribiendo sobre Borges,
Cioran había dicho en Ejercicios de admiración que "la desgracia del reconocimiento había caído
sobre él. Merecía más".
Mientras tanto, ese peatón incansable que siente a Baudelaire, el padre de los fláneurs, como a
un prójimo, aprovecha a fondo la oportunidad que le ofrece París. Tiene en su cerebro una cámara
lúcida y con ella recorre la ciudad ("Si hay que fracasar, más vale hacerlo en París") y nos
ofrece una galería de tipos, situaciones, observaciones que no desdeñan la mirada feroz sobre sí
mismo. Cioran es un espíritu sin ataduras. Su situación precaria, su ascetismo, la embriaguez del
no reconocimiento lo convierten en una conciencia insobornable. Cioran no tiene nada que perder,
por lo tanto puede ser libre. Estos Cuadernos son el diario de viaje alrededor de su cuarto (pero
también alrededor de una ciudad que es todas las ciudades) de alguien que mira, reflexiona y lee.
Sobre todo, lee. Los libros son su vicio. Cuadernos es una galería de apuntes de lectura, las
pinceladas incisivas de un lector que burila medallones sobre el marfil de una erudición
oceánica. Así desfilan de Marco Aurelio a Dostoievski, de Emily Dickinson a Camus y de Sartre a
Borges.
Nunca descienden a ciertas zonas de la vida de Cioran, por ejemplo, su vida sentimental y sexual,
no por falso pudor ya que en otros aspectos sabe infligirse el escalpelo a fondo sino porque a su
manera, y sin dudar de su sinceridad profunda, esta memoria escrita es, como todo libro, y
especialmente como todo libro autobiográfico, una máscara, el retrato de un hombre
falso-verdadero que en todo caso es hijo de la escritura, siempre. Y Cioran ha decidido que su
"personaje" sea el portador de un cerebro, no de un sexo.
Hay dos aspectos en los que Cioran va hasta el fondo. Uno, es la descripción minuciosa y cruel de
la decadencia física, los síntomas que día a día van testimoniando el declive del cuerpo, con la
consiguiente humillación. Irritación de la vista, sinusitis, dolores en la espalda y las piernas,
y también las angustias de un fumador incorregible (tres paquetes al día) que, tras una batalla
que dura cinco años, durante los cuales varias veces recae en el cigarillo, finalmente consigue
dejar el tabaco. Entonces dice, en una de las tantas frases como estocadas que enhebran su prosa:
"Hay tres acontecimientos en mi carrera: mi nacimiento, mi renuncia al tabaco y mi muerte".
Luego, la narración de la muerte de su madre, que conoce a la distancia, en París. La lejanía,
que amplifica la imaginación, duplica el sufrimiento. Todo el que haya perdido un ser amado lejos
de sí revivirá el acerbo de ese (doble) sentimiento de pérdida. En esa zona del libro, Cioran
demuestra que un escritor verdadero perfora los géneros, y qué narrador era Cioran: "Esta noche,
estaba en mi casa J.M., festejábamos su cumpleaños. Alguien ha llamado; no he abierto. Unos
minutos después, he ido a ver si habían dejado una nota o algo. Nada. Una hora después, al ir a
buscar un libro, he visto un telegrama metido por debajo de la puerta. Antes de abrirlo, ya sabía
yo el contenido...".
Es un lugar común que a Cioran se le achaque su pesimismo, y muchos lectores le huyen porque lo
consideran un depresor. Qué error. Doy mi propio testimonio: siempre que atravieso malos
momentos, leo a Cioran. No conozco mejor tónico. Cioran nunca puede ser depresor porque está
poseído por la pasión de pensar y escribir, y por lo tanto en su prosa hay una alegría profunda,
la alegría reconstituyente del que combate aun aceptando que la batalla está perdida de antemano,
pero sabiendo que la dignidad de la derrota compensa su inevitabilidad. En Cioran la angustia de
la muerte, ese tema recurrente, disipa la angustia de la vida. El suicidio, afrontado cara a cara
como el problema filosófico crucial, es reducido por la luz del pensamiento. El poeta Jules
Supervielle confesó que en sus últimos años la lectura de Cioran le hizo superar amargos trances
y muchos lectores han aceptado que este radiógrafo del suicidio los salvó cuando estaban cerca de
dar el paso fatal. ¿Quizá los que acusan a Cioran de pesimista y "negro" prefieren las plúmbeas
verdades consagradas por programas y teorías, aun cuando naveguen en soporíferas palabras? ¿O
será que lo insoportable les resulta, no el pesimismo, sino que alguien diga en voz alta que sólo
el hombre que se mantiene al margen, que no actúa como los demás, conserva la facultad de
comprender? Se pierden la negación vivificante, la capacidad de cauterizar heridas.
En su original francés, Cahiers es un volumen de 999 páginas. Es presentado por Simone Boué,
quien tuvo a su cargo la transcripción de los manuscritos, pero una nota de la editorial
Gallimard aclara que también Simone murió antes de que el libro saliera a la luz. La edición
española lleva un prefacio de la traductora del francés al alemán, una tal Verena Von Der
Hayden-Rynch, quien nos informa que "los editores extranjeros decidieron hacer una selección de
unas trescientas páginas". Aparte de que la edición española tiene 265 páginas de caja bastante
aireada, y no 300, ¿con qué criterio se ha hecho la selección? Nadie lo sabe. ¿Por qué se ha
preferido una página a otra? Pero lo peor viene luego: "Esta antología está más que justificada
por el hecho de que los Cuadernos no representan un conjunto de textos que el autor hubiera
querido publicar, sino esbozos, observaciones, ocurrencias, notas intelectuales y personales, que
constituyen la materia prima de aforismos y fragmentos filosóficos posteriores". íLa prologuista
descalifica a priori el libro que el lector se apresta a leer, considerándolo una suerte de
liquidación de saldos y remanentes! Quizás hubiera sido más honesto reconocer que no se animaron
a costear un libro de mil páginas.
Esto es inaceptable. En el mejor de los casos, podría decirse: pero bueno, si se trata de un
libro de fragmentos y aforismos, ¿qué problema hay en hacer una selección? A lo sumo habrá mayor
o menor acierto en preferir uno a otro.
Es que los Cahiers no son un rejunte de textos breves. Es ignorar lo que significa el fragmento
en Cioran, una estirpe, su modo constitutivo de ser ("llevo el fragmento en la sangre"), que
paradójicamente le permite una coherencia profunda en sus obras. Los Cahiers deben ser ofrecidos
íntegramente, por más que el volumen (físico) de la obra perjudique los cánones de producción y
lectura del mercado. Porque son el registro de una vida en su infinita complejidad. Aceptar lo
contrario es admitir que se pueda amar a un ser humano por pedazos: una nariz o una rodilla, y no
en su integridad. Así Fräulein Verena, o "los editores extranjeros" o quien fuese, han mutilado
el libro. Para citar un solo ejemplo: las referencias de Cioran a Paul Celan, a su suicidio, a su
obra y a su persona, son cruciales porque en esos textos Cioran confronta su identidad de
intelectual con la del gran poeta. Pues bien, la edición castellana los ha truncado. Transcribe
los textos referidos a la noticia del suicidio pero no los de noviembre de 1970 y abril de 1971,
donde Cioran vuelve sobre el tema, de manera que el lector de esta edición castellana tendrá una
impresión errónea y hasta inversa del pensamiento de Cioran sobre el poeta suicida.
En el desaguisado, también nos han privado de la entrada del 6 de octubre de 1966, donde Cioran,
confeso tanguero, hace esta profesión de fe: "Llevo en mí una Argentina secreta". ¿Qué hacer? El
lector argentino que quiera leer a Cioran puede tomar una decisión: aprender el francés. Leer el
francés de Cioran, ese diamante de claridad y nitidez, concebido con los genes de La
Rochefoucauld, pero también de Simone Weil y Valéry, es una experiencia intransferible. En todo
caso, si finalmente no le gusta Cioran, siempre puede intentar con Flaubert o René Char. Y espero
que la Alianza Francesa me agradezca el aviso.